Un caso real, como seguramente hay muchos similares en el estado y el país: un niño de educación primaria cambia su sonrisa y el brillo de sus ojos por una mirada triste y hacia el suelo; cuando se le pregunta porque el cambio tan repentino contesta que el balón cuya rifa acaba de anunciar el profesor seguramente se lo ganará “Paco”.
Al mirar el balón nuevo de futbol, todos los alumnos se entusiasmaron, el ánimo bajó un poco al saber que se rifaría y hubo voces de “no traigo dinero” sin embargo algunos recobraron la sonrisa al saber que el costo del boleto no sería efectivo, sino calificaciones.
Entre los reanimados no estaba el pequeño del extremo derecho del aula, quien suele contestar correctamente cuando se le pregunta sobre Matemáticas o algunos experimentos de Ciencias Naturales, sin embargo su promedio es el menor del grupo.
Su respuesta palabras más o menos fue “si es por calificaciones ya estuvo que se lo ganó Paco”, dijo, aún cuando sabía la regla completa para la rifa y es que sólo se tomaría en cuenta la evaluación del último bimestre y se darían más boletos a las mejores calificaciones, pero de siete para arriba todos podrían obtener al menos un boleto.
Algo parecido sucede con las selecciones mexicanas de futbol, que se enfrentan a sus propios Pacos, a los que les temen desde un principio sin darse la oportunidad de saberse capaces de vencerlos, aún cuando las circunstancias del momento y lugar les puedan resultar favorables.
En general en México, desde temprana edad, somos proclives a la derrota, la cargamos antes de afrontar un reto, por supuesto salvo sus honrosas excepciones en todos los campos, quienes se creen triunfadores normalmente llegan a serlo en la medida de sus propias metas.
El problema entonces no está en un director técnico, un jugador o una camada de jugadores, sino que es más profundo, es cultural. Necesitamos, sobre todo los futbolistas que nos representan en el extranjero, clases urgentes de patriotismo y para aprender a ganar.
En la primera les harían entender que el lugar que ocupan, si bien se lo han ganado con sus cualidades deportivas, es un honor y una responsabilidad, pues cargan con la representación de más de 105 millones de mexicanos, entre los cuales seguramente hay muchos con igual o más talento que ellos, pero que no han tenido la oportunidad de que el futbol se convierta en su forma de vida y por cierto con muchas ventajas y comodidades para quienes la disfrutan.
Son el referente de los niños y jóvenes, para quienes es un pésimo mensaje que la defensa más airada de la camiseta sea un berrinche para que la cámara lo tome en los últimos minutos del encuentro, ¿antes qué? hubo más de 80 para poner todo por sus colores, para no escatimar esfuerzo alguno.
A la selección Sub 20, a la mayor y muchos otros mexicanos, también nos convendría aprender que el rival más grande se lleva dentro, pues por fuera los brasileños, alemanes, españoles en esencia son lo mismo, aunque con algunas diferencias, entre ellas que si se la creen, que si confían en su capacidad y la despliegan para triunfar.
